En tiempos pasados, en un rincón olvidado por muchos, se alzaban las Moliendas, testigos silenciosos de historias y esfuerzos que resonaban en las paredes de sus estructuras. Entre los nombres que se entrelazaban con estas Moliendas, como un legado tejido en la memoria, estaban los de Don Goyo Cabrera, José Torres, David López e Isaías Torres, y no podemos olvidar a Don Felipe, cuya presencia también era parte esencial de este relato.
Uno de los relatos más vivos y auténticos provenía de las palabras del Sr. León Castillo, quien había dedicado su vida a ser parte de una de esas Moliendas. Con melancolía en los ojos y un tono cargado de nostalgia, compartía su experiencia. Entre todas las Moliendas, la que pertenecía al Sr. Isaías Torres había sido la última en cerrar sus puertas, marcando el final de una época en la que estas industrias molían caña y tejían una red de trabajo y comunidad.
Las Moliendas, en su mayoría, operaban con motores de petróleo que les permitían girar sus ruedas y extraer el jugo dulce de la caña. Sin embargo, la falta de agua había sido una de las razones que causaron el cese de muchas de ellas. El rumor de que estas máquinas funcionaban con la fuerza del líquido vital, como un eco del pasado, se mantenía en la memoria de aquellos que habían presenciado su funcionamiento.
La producción no solo se limitaba al jugo de caña. De aquellas Moliendas surgía un producto que llevaba el sabor de la tierra y el trabajo: el piloncillo. Estos dulces bloques de azúcar moreno eran enviados a lugares como San Luis Potosí y Río Verde, extendiendo así el alcance de la labor de las Moliendas. Pero el trabajo no se detenía allí; unas 300 cajas de aguacates se sumaban a la cosecha semanal, listas para conquistar el mercado de San Luis Potosí.
Dentro de las Moliendas, cada tarea tenía su lugar y significado. Los Punteros, Molderos, Vaporeadores, Motoristas, Cañeros, Hojeador, Metedor de caña, Gabacero y tumbador de gabazo eran nombres que resonaban como una sinfonía de roles complementarios. A cambio de su labor, recibían un modesto promedio de $3.00 al día, un testimonio de cómo los valores del pasado se sostenían en monedas que hoy parecerían diminutas. En aquellos días, el maíz, un alimento básico, tenía un valor de 30 centavos por un kilo y medio, recordando una época donde el valor de las cosas tenía otro peso.
Las jornadas en las Moliendas eran largas, extendiéndose por aproximadamente 12 horas. Cada día, se trataba de dar forma a 12 puntos diarios de jugo de caña, una labor meticulosa que requería dedicación y precisión. El fuego que avivaba las hornillas se alimentaba con leña de mezquite, huizache o gabazo seco de la caña, una danza de llamas que sostenía el corazón de las Moliendas.
En un vaivén constante, las carretadas de caña se sucedían, 20 a 22 por día, una coreografía de esfuerzo y destreza que alimentaba el proceso. Para operar una Molienda, se requería la contribución de alrededor de 15 a 18 personas, un equipo cuyas manos trabajaban como un solo pulso, tejiendo el hilo de la tradición.
Así, en las Moliendas, se entretejía una historia de esfuerzo, comunidad y tradición. Cada punto de jugo de caña, cada carretada de caña, cada bloque de piloncillo y caja de aguacates eran un tributo al tiempo en que estas máquinas eran el latido de la tierra, y las manos que las operaban, los guardianes de un legado dulce y amargo a la vez.
La investigación se basa en fuentes orales y documentos de la comunidad local, destacando su naturaleza única y colaborativa.
Fuente: Turismo CDFDZ





